Cuando me llamabas diosa
bajo la luz de tus manos
y tu caricia me convertía
en gota de fuego, tan viva
y apresurada. Formaba
parte de tu voz de arándanos
y oro. El sonido se nos caía
de los labios durante el beso.
Éramos el agua de la noche,
el afluente existencial.
© Laura Villanueva Guerrero
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